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Lavender
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Calificacion 5.2
Género:

Thriller

País: Canadá
Duración: 92 min.
Año: 2016
Director: Ed Gass-Donnelly
Reparto:
Abbie Cornish, Dermot Mulroney, Justin Long, Diego Klattenhoff, Peyton Kennedy, Lola Flanery, Sarah Abbott, Mackenzie Muldoon

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Jane (Abbie Cornish) es una fotógrafa que sufre pérdidas de memoria como secuela de un terrible accidente de coche. Junto a su marido y su hija viaja al hogar de su infancia para intentar reconectar con su pasado y con su tío. Pero allí siente que su pasado le persigue a medida que descubre pistas que parecen revelar una terrible verdad sobre ella misma.

A mi parecer el ritmo en esta película, el cual, si no te atrapa desde un principio, no lo hará. Es lenta, con muy buena fotografía y los personajes están bien. Vas de la mano de Jane, Abbie Cornish, descubriendo todo desde cero, porque, como ella, no tienes ni la menor idea de lo que está pasando y se debe tener paciencia para disfrutarla.

Mi problema va más con Alan, Diego Klattenhoff, el esposo de Jane y Alice, Lola Flanery, la hija. Hacen que la tensión de la película se pierda en algunos momentos, aunque se diluye bastante rápido esto mediante avanza la película. Nosotros vinimos con Jane y seguimos con ella. Por una parte, soy un tardío fan de la cinta original. En 1983 me pareció un pestiño (era un adolescente abducido por ‘La guerra de las galaxias’); en 1992, en mi opinión, el montaje del director mejoraba (y mucho) la propuesta;

pero no fue hasta hace algunos pocos años, ya en formato blue-ray, en que me sedujo y cautivó por completo y sin reservas. Por otra parte, soy un entusiasta admirador del director Denis Villeneuve, de quien sólo he visto aciertos de todo género y planteamiento, un virguero de las imágenes y del montaje, un artista incontestable y evidente, lo mejor que me he encontrado en una sala de cine en lo que va de siglo. Es decir, que iba con ganas y sana curiosidad al cine,

esperando encontrar un propuesta inédita y – sea cual fuera el camino elegido – llena de aciertos… pero nada más lejos de la realidad.Pero vayamos por partes, porque hay muchos aciertos pero también otros tantos deméritos dignos de mención. Entre lo positivo está la puesta en escena que recrea, prolonga y amplía la arrebatadora estética primigenia: esa llovizna casi constante, esa ausencia de horizonte, claridad y sol, ese opresivo presente de pesadilla que parece abocarnos al abismo, esa mezcolanza entre replicantes y humanos que vuelve confuso lo cotidiano y nos hace desconfiar tanto de lo que vemos como de lo que sentimos; una fotografía innovadora y sugerente, llena de claroscuros y contrastes,

que nos engulle como un torbellino y nos escupe despojos hediondos a cada fotograma; una escenografía espeluznante que desdeña lo efímero y encumbra lo sintético y alambicado. Es decir, en cuanto al universo visual nos hallamos ante una propuesta insólita, apabullante y portentosa, llena de matices y aciertos.Sin embargo, las flaquezas y deficiencias acaban por erigirse en las grandes protagonistas de la función. Un metraje tan desmesurado como innecesario (sobra casi toda una hora), alargando las escenas hasta la inanición y la abulia; una historia tan poco carismática y tan porfiadamente vaporosa que hacedesfallecer el ánimo y obliga a esperar a que la próxima escena rescate del tedio al espectador y haga avanzar la trama hacia algún lugar digno de interés, cayendo siempre en subrayados innecesarios y en tópicos previsibles, ahogando toda ambigüedad y anulando cualquier estímulo. La calma y el reposo casan mal con una supuesta cinta de acción, por muy ensimismada y reflexiva que pretenda ser.

Y las cavilaciones sobre la vida, la muerte, los milagros de la existencia y la magia de la procreación resultan tan patosas como primitivas, tan superficiales como chirriantes.Hay algunas escenas aisladas que descuellan y deslumbran, dignas de perdurar en la memoria cinéfila (como, entro otras, ese baile erótico que sobrepone a dos personajes en abigarrado aquelarre de lo imposible o ese ‘nacimiento’ brusco y sin remilgos de una replicante abocada a su exterminio), pero son momentos inconexos y solitarios, que impresionan por su esplendor y singularidad, pero desentonan por carecer de engarce y coherencia.