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Ingrid Goes West
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Calificacion 5.7
Género:

Comedia

País: USA
Duración: 97 min.
Año: 2017
Director: Matt Spicer
Reparto:
Aubrey Plaza, Elizabeth Olsen, O'Shea Jackson Jr., Wyatt Russell, Billy Magnussen, Pom Klementieff, Charlie Wright, Destiny Soria, Hannah Pearl Utt, Vincent van Hinte, Megan Griffey, Malika Williams, Aidan Wallace, Tina Lorraine

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Ingrid Goes West

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La joven Ingrid (Aubrey Plaza) se obsesiona con una ‘influencer’, una estrella de los medios sociales llamada Taylor Sloane (Elizabeth Olsen) que aparentemente tiene una vida perfecta. Así que cuando Ingrid decide abandonarlo todo y mudarse al oeste para tratar de ser amiga de Taylor, su comportamiento se vuelve cada vez más inestable, inquietante y peligroso. Ingrid Goes West

Critica:

Es curioso el contraste entre unos ojos llorosos y enrojecidos en la oscuridad con una cuenta de Instagram perfecta, inmaculada en su contenido, iluminada desde un móvil.
Se diría que pertenecen a realidades distintas, y que las pantallas retroiluminadas son los únicos portales que nos permiten interactuar con esos dioses que a golpe de like y hashtag nos dicen qué querer o creer, trayendo luz a vidas mediocres que se mantienen gracias a su mera existencia.
Si piensas que estoy exagerando, piensa otra vez.

‘Ingrid goes West’, bajo su apariencia de comedia, esconde un fondo amarguísimo que en cierta manera justifica su poco desarrollo: los caprichos del querer y aparentar en la era de redes sociales, como elementos aleatorios que pueden alzar a una persona al más alto de los altares o sumirla en el más profundo de los pozos.
Ingrid vive esa realidad, perpetuamente pendiente de la última notificación, sin más ansia que verse reflejada en aquellos que admira, o en el peor de los casos tocada por su gracia en forma de comentario de foto. Podría decirse que ella no existe si no fuera por sus redes, es una no-persona, sin intención de construirse a si misma, a no ser que sea por imitación u asimilación de otros.
De nuevo parece que exagero, y de nuevo sólo hace falta verla en su propia mugre de sueños rotos y abandono personal, consultando el móvil continuamente, para convencerse.

Claro que muchas veces sólo se concibe salir del pozo escarbando más profundamente: Taylor se le aparece por casualidad en una revista, sonriendo con sus perfectas mechas al viento, y parece la promesa de que cualquier sueño se puede hacer realidad.
Ingrid decide entonces ir a por el suyo, y se muda con la idea fija de llegar a ser amiga de esa mujer maravilla, que sólo desayuna manjares y remata cada foto con un #Perfecto.
Quizás, cerca de ella, también podrá poner ese hashtag a su vida en Instagram, y ya sabemos todos que la única vida que existe está en esa red social.

Los comentarios del Instagram de Taylor rondan en voz en off las acciones de Ingrid, provocando una impresión que se va confirmando a medida que la última intenta acercarse a la primera: Ingrid no tiene pensamientos, no tiene ideas, no tiene ambiciones; sus gustos son los de Taylor, sus obsesiones son las de Taylor, su autoestima es la que Taylor le permita tener.
Esta última impresión es de hecho la más cruel, pues tras un contacto con serio acoso enfermizo de por medio, ambas se hacen amigas, tal como Ingrid quería, y comparten el tipo de noche que sólo dos almas gemelas tendrían… para que, a la mañana siguiente, ese #Perfecto parezca haberse desvanecido.
Ingrid lo intenta, manipula la realidad en lo que puede influenciarla y a veces como puede comprarla, pero no puede evitar preguntarse por qué, pese a todo, sigue siendo otra foto más de la cuenta, en vez de la prioridad de su nueva amiga.

En el mundo en el que se mueve no cabe la amistad como un deseo sincero, sino como una conveniencia, algo que lucir o fotografiar, un hashtag que destacar o una cuenta a la que followear.
La soledad de los influencers es palpable, desde luego, y a veces dolorosa, pero de alguna manera parece hermosa cuando en el reservado VIP se ríen de marcas y moda, mientras el camarero atina una foto para la eternidad.
Ingrid ve esa foto desde fuera, y no llega a darse cuenta de que nunca podrá formar parte de ella, simplemente porque lo intenta demasiado, y la ironía de estas cosas es que sólo triunfan los que ni siquiera lo han intentado.

Taylor pudo haber sido ella, pero dejó de serlo porque es perfecta sin esfuerzo: un precio que las más de las veces consiste en renunciar al espacio personal, el tuyo y el de los tuyos, por todo el tiempo que te quieran en Instagram.
De alguna manera, las dos echándose eso en cara no parece una victoria de Taylor y una humillación hacia Ingrid, sino la triste riña entre dos almas gemelas (ahora sí) cuya única diferencia fue que una sonrió más fuerte que la otra.

Lo más “gracioso” es que al final Ingrid consiguió lo que quería: que la quisieran por quién es, aunque para eso tenga que renunciar a “ser”.
Supongo que, en una lucha porque te quieran, da lo mismo inspirar perfección que pena.