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Calificacion 6.6
Género:

Drama

País: Argentina
Duración: 95 min
Año: 2015
Director: Juan Schnitman
Reparto:
Pilar Gamboa, Juan Barberini, Luis Biasotto, Marcelo D'Andrea, Edgardo Castro, Laura Paredes, Juan José Barberini

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El incendio

El incendio (The Fire)
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uy recomendable película que se centra en la aceleracion de un proceso de degradación en la relacion de una joven pareja argentina. Impresiona el gran trabajo de la pareja protagonista que dan a la historia gran verosimilitud. Cierto es que la tensión tan patente entre los amantes, mantenida durante todo el tiempo, está trufada de ciertos toques que nos hacen recordar el tan querido y tan tópico gusto de los argentinos por el psicoanálisis, pero no me ha resultado una rémora, al contrario, las conversaciones son interesantes y nada artificiales. Quizá pueda parecernos que lo que les ocurre a los protagonistas podría ocurrirnos a cualquiera, el estress de la ciudad, la dificultad (sobre todo masculina) para comunicar nuestros sentimientos, las complicaciones que supone la posición económica de diverso signo de las familias de los amantes…
De nuevo, una llamada de atención acerca de esos temas tan presentes en el cine de autor de estos últimos años: Incomunicación crónica, alienación y esa crispación que parece inherente a la vida moderna.En los malos momentos uno descubre que clase de persona es la que le rodea, y es donde se pone a prueba la solidez de ese vigente amor que se comparte; en los momentos, de toma de decisiones importantes, se averigua si se piensa en dueto o cada uno marcha por su lado y, cuando dejan de contarse las cosas mutuamente se deja de ser pareja, para ser dos alejados que comparten piso, con el vicio de tratarse con maldad y desprecio.
¿Por qué puede llegar a gustar tanto ser desgraciado?, ¿cómo se convierte el dolor en una drogadicción?, ¿los moratones en seña de identidad?, rutina conocida que evita la toma de decisiones nuevas, que esconde esa cobardía de reiniciar camino, de seguir adelante en solitario, nunca más en pareja asfixiante y doliente que hiere y nada bueno aporta.
Sufrimiento como unión/costumbre como seguida, validez ninguna para formar en común una vida, pero donde ésta se crea, mantiene y avanza con sus desvaríos, errores y desgracias que se imponen a dos bandas porque es lo que impera, esa lujuria destructiva, de belicoso roce, donde es mayor el miedo a lo desconocido y a no estar juntos.
“¿Estamos bien?” “Claro”, pues esa edulcorada mentira, que encierra una verdad contraria datada por ambos, sirve como pasaje para una felicidad disfuncional que se alimenta del daño, la irritabilidad, la humillación y el placer de provocar al otro, de herirle con devoción y ganas pues ese es su diálogo existente, un insistente incendio que con malicia se busca y desata para sentir al otro, para sentir uno mismo vivo.
“Estamos haciendo todo mal” pero seguimos haciendo pues, parar y deternerse da lugar a pensar, a plantear temas, a tener que recomponer y, esa cómoda inercia de aceptar lo malo ante el interrogante de lo no tenido, ese letal “más vale pájaro en mano que ciento volando” inmoviliza, acepta el presente agrio y deja de soñar con un futuro más digno, satisfactorio y suculento.
Cinta de sentimientos profundos, de sugestivo indecoro emocional, de conmoción embriagadora vertidos con esa brutal sinceridad que coge y lesiona, con una honestidad salvaje y afilada agresividad cuya aceleración se palpa con resquemor y disgusto, con esa progresiva inquietud y nervio que turba, atrae, se cuestiona e intimida, adjetivos obvios de una sintonía y seducción total con la historia, que impide te mantengas al margen de unos vecinos tan correctos en público/tan escandalosos cuando están juntos al calor de ese hogar que los enciende, fustiga y agota a un espíritu maltratado y un corazón dañado, sin poder evitar volver a por otra ronda de golpes y lesiones, pasados los nocivos efectos de la anterior servida.
Expresiva, intimista y robusta interpretación de ambos, tanto Pilar Gamboa como Juan Barberini realizan una exposición veraz, ardiente y obsesiva del destrozo anímico en que se encuentran ambos personajes; sentido trabajo recogido, con contundencia y cercanía, por una cámara en manos de Juan Schnitman que sabe mostrar la anhelante ferocidad de ese destructivo amor-odio, desde esa corrosiva lucha de poder que se muestra, con claridad incisiva, en unas escenas divergentes que van subiendo de temperatura hasta explosionar en puro control y dominio del rival contrario; eclipsante relación devastadora, de tensión angustiosa y sofocante combate, buscada en una incomunicación que vive del oprimido cuerpo y que se establece como sometimiento tradicional, que alimenta y afianza la pareja.